Nuestros rituales de navidad tiene un sabor inconfundible.
Es una mezcla de aromas, canciones, risas y recetas que se repiten cada diciembre como si fueran parte del alma misma del país.
No importa cuánto tiempo pase ni cuántos kilómetros nos separen del lugar donde crecimos: basta con oler un guiso de hallacas o probar un sorbo de ponche crema para que la memoria se encienda y el corazón regrese, aunque sea por un momento, a casa.
Desde que tengo memoria, los rituales de navidad eran los más esperado del año.
No solo por los regalos originales o las luces, sino por todo lo que simbolizaba: la unión familiar, el reencuentro con los sabores y la preparación de los rituales que marcaban el inicio de la temporada.
La Navidad venezolana, un ritual del alma
En Venezuela, la Navidad no se celebra solo con una cena. Se vive, se siente, se comparte.
Comienza desde principios de diciembre, cuando las gaitas venezolanas suenan en cada esquina, las calles se llenan de luces y las familias desempolvan el pesebre con devoción.
En mi casa, el primer signo de que la Navidad había llegado era el olor del guiso de las hallacas.
Bastaba con ese aroma para que todos entendieran que había empezado la época más bonita del año.
Era un ritual que reunía a todos: la abuela dirigiendo, los niños ayudando con las hojas, los adultos amasando y riendo. Ningún diciembre se entendía sin ese trabajo en equipo.
Esa costumbre de preparar juntos la comida, cocinar en pareja, sentarse a conversar, era mucho más que un acto culinario.
Era una manera de afirmar quiénes éramos, de mantener vivas las tradiciones en pareja y de celebrar la familia en su forma más genuina.
Los rituales que nos unen
Cada hogar tenía sus propias costumbres, pero en el fondo todas compartían el mismo propósito: mantener la unión y la alegría.
Algunos armaban el árbol en familia mientras sonaban villancicos; otros preparaban el pan de jamón con receta heredada, o se reunían para cantar gaitas hasta entrada la noche.
En mi casa, además de las hallacas, había algo que marcaba el corazón de las fiestas: la preparación del ponche crema.
Ese era un momento casi sagrado. Desde mi abuela hasta mi madre, todos sabíamos que el ponche no podía faltar.
Era la bebida que cerraba cada cena, la que se servía en copas pequeñas mientras se brindaba por los ausentes y se reía por los presentes.
Hoy, viviendo lejos, entiendo que cada uno de esos rituales era una forma de amor.
En ellos estaba contenida nuestra historia, nuestra manera de decir “te quiero” sin palabras.
Son costumbres que, aunque sencillas, nos enseñaron el valor de compartir y de recordar de dónde venimos.
El sabor que cuenta historias
Si hay algo que define la Navidad venezolana, son las hallacas. Más que un plato, son una ceremonia.
Prepararlas requiere paciencia, coordinación y, sobre todo, cariño. Cada familia tiene su versión, y cada una defiende su receta como si fuera un tesoro.
Recuerdo que en casa se empezaba a cocinar desde temprano.
El guiso, con sus aromas a cebolla, ajo, pasas y aceitunas, llenaba el aire con un perfume que anunciaba celebración.
Mi abuela probaba el sabor una y otra vez, buscando el equilibrio perfecto entre lo dulce y lo salado.
Amarrar las hallacas era una tarea en la que todos participábamos.
Los niños ayudábamos a pasar el hilo, los mayores vigilaban que quedaran bien envueltas.
Y al final del día, cuando las hallacas hervían en la olla, la casa se llenaba de un silencio lleno de expectativa.
Era el sonido del hogar cocinándose a fuego lento.
A veces pienso que lo que más extraño no es el sabor en sí, sino el momento.
Ese instante en que todos, sin darnos cuenta, estábamos creando recuerdos que años después seguirían oliendo a Navidad.
La tradición que se sirve en copa
Entre todos los rituales navideños venezolanos, preparar el ponche crema era uno de los más esperados.
Desde mi abuela, era costumbre hacerlo cada año.
Su receta pasaba de una generación a otra, siempre con alguna variación, pero conservando el mismo espíritu: una mezcla de ron, vainilla, leche condensada, canela y paciencia.
Mientras lo preparábamos, la casa se llenaba de un aroma dulce y cálido.
Era el anuncio de que el año estaba por terminar, pero también de que venía la parte más bonita: el reencuentro.
Nadie tocaba el ponche hasta el 24 de diciembre. Solo entonces, al servirlo en pequeñas copas, se escuchaban los brindis, las risas, las promesas y los recuerdos.
En los Andes, esa tradición se vive con una versión distinta: el ponche andino.
Más espeso, con huevos, especias y aguardiente, tiene un sabor más fuerte y una historia igual de profunda.
En ambos casos, lo importante no es la bebida en sí, sino lo que representa. Cada sorbo es un homenaje a quienes ya no están, y un abrazo a los que seguimos celebrando.
A veces preparo ponche crema aquí, lejos de casa. Y mientras mezclo los ingredientes, me parece escuchar la voz de mi abuela dando indicaciones, o el sonido de las gaitas sonando desde el patio.
En esos momentos entiendo que las tradiciones no se pierden: se transforman y viajan con nosotros.
Los regalos y el valor de compartir
La Navidad también era época de regalos, pero en mi familia, más que el objeto, importaba el gesto.
A veces eran detalles hechos a mano, cartas, dulces caseros o simplemente una sorpresa pensada con cariño.
El verdadero regalo era estar juntos.
La mesa servida, las luces encendidas, los niños riendo, los adultos bailando al ritmo de “Sin rencor” o “La grey zuliana”.
A la medianoche, los abrazos eran largos y sinceros.
Y aunque ahora muchos estemos repartidos por el mundo, basta con un mensaje o una videollamada para sentir que seguimos compartiendo ese mismo espíritu.
La nostalgia como puente
La nostalgia no es tristeza.
Es el puente que nos permite volver, aunque sea con el pensamiento, a esos momentos que nos formaron.
Los rituales navideños venezolanos —las hallacas, el ponche crema, las gaitas, los abrazos— son la manera en que seguimos conectados con nuestras raíces, sin importar la distancia.
Cada diciembre intento crear nuevas tradiciones: preparo ponche crema, pongo música navideña y enciendo una vela por los que están lejos.
No es lo mismo, claro, pero basta con cerrar los ojos para sentir que todo vuelve: el olor a guiso, las risas de la familia, la voz de mi abuela preguntando si ya está listo el ponche.
Porque al final, las recetas, las risas y los rituales no necesitan pasaporte.
Solo hace falta un corazón dispuesto a recordar.

